La Señora de Saco
Pasé a comprarles comida a los felinos, y había una señora muy
distinguida comprando comida de perro. Ya la ubico, es visita tan asidua como
yo en esta veterinaria de baldosas blancas y permanente olor a desinfectante de
tracto urinario. Un personaje, de esos que le ponen color a la vida en
regiones, siempre muy vestida a la ultima moda de Narnia; hoy con un abrigo
rojo furia, largo, que le tapaba con recato los tobillos, y un ponchito de esos
absurdos que solo cubren los hombros, en un punto que parece tejido por araña
dopada, en un tono lila degradé maravilloso, tomado sobre un hombro con un
camafeo de cristal morado.
La cajera, un encanto de mujer, me saluda cariñosa y de lejos me
dice "Como estas hijito? Mejor?"; yo pensando mejor de que, si no
estoy enfermo, soy asi.
Otro comensal, una señorita rubia de cara redonda, oculta bajo un
sombrero de felpa muy propio de la época de la prohibición, con su sharpei,
orejas que se funden entre los pliegues, contaba alegremente alguna maravilla
de esa raza, mientras yo dilucidaba si sería posible lograr el mismo efecto en
un kiltro, si todas las noches uno amuñara el cuero del animal, como una
humita, la piel bien humeda, y fijase tal origami con elásticos, para a la
mañana siguiente desatar el bultito y salir con un fina sangre.
Las chicas de la veterinaria se peloteaban quien ayudaría a la
señora con su bolsita de comida, asi que todo galante dije "yo le ayudo a
llevarlo, no se preocupen chicas!" cual Chapulin Colorado, esperando mi
turno a la caja, para pagar el mínimo volumen que sustenta a mis gatos.
Amable, me dice yo le llevo su bolsita, y sopesando su cara de
asombro la cargue a ella con mis dos paquetes de comida de gato, pensando
"aja! te pillé!", mientras esperaba las coordenadas: miraba las
repisas cargadas con alimento para todo tipo de perros, aunque claro no reparé
en la repisa inferior, esa reservada para alimento de Gran Danés, Bollero de
Berna, mastodontes, o la gente que compra solo una vez en todo el invierno.
Resultó ser un SACO de 21 kilos, enorme, verde con rojo.
Me acordé de mi sesión maratónica del gimnasio, de levantar pesas,
y pensé que por fin le había encontrado una utilidad mas que la meramente
estética a esto de ser un chico gym.
Lo miré, lo saqué, y no sin
algo de sorpresa, me lo eché al hombro como si fuera una bolsita de napa.
Pensaba para mis adentros, que guapo que estoy!
Todas las señoritas "ahhh" y "ohhhh" y
"uhhhh" y por dentro "ay paaaapi que riiiico".
Y yo todo galán "no-no, no se preocupe, si no es nada, nos
tenemos que ayudar entre todos; si no me cuesta nada"
Ahi figuraba yo, caminando por las calles del centro, ataviado en
un largo abrigo de lana negra y pañuelo morado con calipso, zapatillas de alta
montaña, y el siempre estiloso saco de 21 kilos, Purina Dog Chow, rojo con
verde, al hombro, conversando con la señora.
Esa media cuadra fue la mas larga de mi vida.
Llegamos a su casa; "dejelo aqui no mas"...y yo
"no, digame usted donde le quede mas comodo, si no es
problema"..."ay bueno, aqui adentrito de la puerta"..."pero
como.....no, si se lo dejo adentro"...."no hijito, que mi marido
luego lo lleva". Aliviado de mi carga, dejo el saco dentro del zaguán,
apoyado contra un sitial de patas talladas, pensando que hermosa su casa como
irradia estilo!
Obvio que me hizo pasar a conocer a sus perros, "que son como
hijos, tu sabes, porque yo ya despaché 4 a la universidad, y quedamos solos
nosotros con mi marido, y bueno mis dos perros, que son nuestros hijos ahora.
Despues de que se van los niños, solo quedan los perros".
"Toda la razón; parece que antes de los hijos, solo están los
gatos"
Conocieras su casa! Hermosa!! Un aire tan acogedor.
Aunque claro, no me consta. Era difícil ver entre tanta planta y
trono y escultura de árbol y cornamenta de alce.
Da otros veinte años, que seguro tengo mi casa igualita.

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